Los hombres de Leandro Cabrera dan un recital de fútbol vertical en la primera parte del encuentro y someten sin paliativos al Ciudad de Lucena
Domingo de fútbol en una mañana luminosa y calurosa del mes de septiembre donde se vislumbra ya el final de un nuevo verano y la apertura de un nuevo otoño. Buen ambiente en las gradas, muchas familias, aficionados de todas las edades y un color especial en el estadio Ciudad de Lucena. El equipo lucentino se estrenaba en casa con toda la ilusión que requería el momento para reencontrarse con su afición en competición oficial después de casi 5 meses. Dos empates fuera y dos puntos en el casillero eran el saldo del conjunto celeste, era el día y la jornada perfectos, para entre otras cosas, dar una alegría y tener un estreno soñado en la categoría jugando ante sus aficionados. Los dos onces sin sobresaltos ni novedades reseñables saltaban al césped junto al aplauso de más de mil aficionados que llenaban las gradas lucentinas. Carlos Albadalejo, el árbitro del colegio valenciano, pitaba el inicio del partido y el balón comenzaba a rodar. Diego Vargas la tuvo en el inicio del partido en un mano a mano con Gastesi pero finalmente el guardameta tinerfeño bloqueo la acción con una intervención notable. Hasta el minuto 20 aproximadamente los dos equipos se gustaron sobre el terreno de juego, tocaban y tocaban, pero las jugadas más peligrosas llegaban siempre por parte de los tinerfeños. A partir de ahí el Tenerife B se hizo con la batuta y sometió al Ciudad de Lucena en velocidad, verticalidad y juego combinado. Llegó el primero de la mañana en el 26 obra de Omar Sánchez tras un penalti de Rafa Gálvez que no protestó nadie, ni los jugadores, ni la grada. El segundo llegaría en el 37 tras una buena jugada de Bazaga, jarro de agua fría para los hombres de Cobos y para el propio entrenador lucentino. Aquello se ponía cuesta arriba y la superioridad futbolística del Tenerife B hacía presagiar una segunda parte compleja. Sin ningún cambio por parte de los dos equipos, la segunda parte no tuvo ningún sobresalto, los dos equipos peleaban, unos con la ventaja de dos goles y otros con el ansia de empatar el partido. El Ciudad de Lucena hizo los cambios, se retiraba por petición propia Rafa Gálvez, entraba Carmona, Porro, Migue y Ávila para refrescar al equipo, pero hay que señalar la aportación de Diego Canty. El delantero gaditano presiona, contagia al equipo, aprieta, lucha, pelea, se deja el alma en cada partido y tuvo su recompensa en el 89 con un gol que servía para acortar distancias.
Escudos clavados en tierra y lanzas hacia arriba, el Ciudad de Lucena debe aterrizar, ser consciente de lo que se viene y asumir que esta categoría va a requerir sangre, sudor y lágrimas. De las derrotas se aprende, se forjan guerreros, se analiza la estrategia y se curan las heridas. Próxima parada Lebrija, mirada al futuro y aprender de lo sufrido.
Eduardo Luna



