El Ciudad de Lucena es un árbol al que cuesta mucho talar, puedes utilizar hachas o motosierras, lo que creas, incluso algún artilugio más da igual, pero debes talar con contundencia, sin piedad y a hacer el máximo daño. De lo contrario, tus fuerzas cesarán, tu cansancio te obligará a desistir y tu motivación por hacer caer el árbol terminará por irse a la cloaca del desengaño.
El campo estaba dispuesto, el sol acompañaba la hazaña, incluso el nerviosismo nos hacía presos en lo momentos previos a la contienda. La diosa Atenea, la de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa, ya había entrado en el vestuario del Ciudad de Lucena, el espíritu que se respiraba era ese, el halo bélico circulaba por los ánimos de la afición lucentina, el ejército que nunca desfallece.
El Ciudad se hizo con la victoria por 3 a 2, pero la batalla no estuvo amparada por la diosa de la fortuna, sino por el dios de la guerra, por Ares, que por momentos se reencarnó en el pozo albense Diawara y quiso arrasar con todo él sólo, evitando gracias al colegiado la expulsión en la primera parte.
Llegar al Olimpo no es fácil, pero la diosa Afrodita, la de la belleza, tocó con su dedo a Manu Molina para hacer uno de los goles de la temporada en el Ciudad de Lucena y con las mismas inspiró a Joseliyo para en un arrebato, en una jugada individual, hizo una delicia de gol, con clase y elegancia.
Hades, el dios del inframundo, envío su espíritu para inspirar a los jugadores del Pozoblanco que, con dos destellos de calidad, León primero y Diawara después, pusieron el empate en el estadio con el posterior silencio sepulcral de toda la grada.
Las batallas hay que pelearlas hasta el final y así lo hizo el equipo de Cobos, que inspirado por Afrodita y como Perseo en su guerra frente a los dioses del olimpo, arengó a sus guerreros y los motivó para que no cayeran en el desánimo.
No había respiro, no había descanso, y sólo quedaba afilar las lanzas y así lo hizo uno de nuestros mejores soldados. Jesús Martín, provocó un penalti dentro del área del Pozoblanco para que Rafael Gálvez, alzando el hacha al cielo pusiera el definitivo 3 a 2.
Para llegar al Olimpo hay que sufrir, llorar, padecer, sangrar, romperse, levantarse y volver a mirar hacia arriba. Esa es la mejor estrategia de la batalla, pelear, montar guardia, combatir con todo y no caer en el desánimo. Los dioses del Olimpo esperan a los celestes en el monte que lleva su nombre, un lugar reservado sólo para los elegidos.
Eduardo Luna
